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Archive for the ‘opinando’ Category

Eurodiputadas y eurodisputas

Licia Ronzulli es una eurodiputada italiana del partido Pueblo de la Libertad, presidido por Berlusconi. Parece ser que a tan afamado empresario, cantante, humorista y presidente del gobierno italiano se le ha colado una mujer entre todas sus velinas adolescentes. Al menos eso denota la noticia que hoy han dado varios medios de comunicación. La osada eurodiputada se ha presentado con su bebé, de apenas unos días, en las votaciones del Europarlamento. De esta manera pretende convertirse en un símbolo que represente a todas aquellas mujeres cuya vida profesional y familiar sea dificil de conciliar. Este tipo de protesta pacífica no es la primera vez que se vive en la Eurocámara. Hace un año una diputada danesa de 38 años, Hanne Dahl, sacó el seno en plena sesión parlamentaria y alimentó a su hija recién nacida frente a la mirada atónita de los otros diputados, la mayoría hombres. Ni siquiera ella fue la pionera de este tipo de actuaciones que yo celebro escuchar en los informativos.

A pesar de los tiempos que corren, cierto optimismo por un futuro más justo y más sano donde criar a nuestros hijos sigue susurrándome al oído. Tiene un hilo de voz, tímido y cansado, que se apaga de manera intermitente con cada una de las dificultades que encuentro en el día a día para poder conciliar maternidad, crianza y desarrollo personal.
Hace un mes charlaba de nuevo con mi amiga nórdica, que escuchaba estupefacta como le describía una realidad que para ella y sus conciudadanas pertenece a otros tiempos y que ha sido superada con creces. Aún así, incluso en estos países aparentemente más desarrollados, las mujeres siguen soportando mayor peso en el cuidado de los hijos que sus compañeros o cónyuges.
Supongo que las cosas cambiarán cuando la sociedad sea realmente consciente de lo importante que es la infancia para formar hombres y mujeres más sanos, felices y mejores personas.
Mi pesimismo, otro inquilino que convive diariamente conmigo, me dice que eso no sucederá hasta que la felicidad cotice en bolsa. Como mi bebé se provoca el sueño buceando con su dedo en mi oreja, me resulta imposible escucharlo. Quizás debería comprarme un sonotone, pero ahora estamos en crisis…

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Esta frase tan retorcida la repite, muy a menudo, mi abuela de 97 años . Yo me enfado cada vez que la dice porque siento que me quita vida, que me impone una visión tenebrista del mundo. A mí mente llegan los cuadros oscuros de Ribera, los “carpe Diem” de la literatura del siglo de oro y la angustia del paso del tiempo.

Como mi abuela es muy mayor y, no sé si por senilidad o “mala idea”, vuelve siempre a los mismos temas, he decidido aliarme contra el enemigo porque sé que vencerlo es una labor más complicada. Así que pienso en ella cuando era como yo, cuando tenía un bebé en su regazo, cuando engañaba al reloj intentando multiplicar los minutos. La veo lavando pañales y cosiendo la ropa que iban a estrenar sus hijas. Imagino a mi madre, años después, dándome el pecho e intentado controlar a mi curioso hermano mientras escribía a intervalos. La recuerdo regañando a mi abuelo, cuando nos compraba a hurtadillas un bollo relleno de chocolate en vez de los nutritivos bocadillos de jamón que ella le había encargado.

Pertenezco a una de las muchas familias españolas en las que las mujeres han llevado la batuta. Fuertes, duras (probablemente demasiado), inamovibles, pero también creativas, ingeniosas y resueltas. Cuando pienso en la pequeña mujer que ahora duerme entre mis brazos siento que hay un hilo largo que nos une a las cuatro generaciones. Es tan resistente como la rafia y al mismo tiempo tan sutil como la seda.

Cuando nace un hijo la mayoría nos proponemos rescatar aquellas maravillas que nos enseñaron nuestros progenitores y eliminar lo que no nos gustó de ellos. Pero no es tan fácil. Lo llevamos dentro, cosido con el hilo que nos une a todos nuestros ancestros, así que tenemos que trabajar para ir deshojando, con la misma delicadeza con la que se limpia la flor del azafrán, un filamento de otro. Poco a poco, fallando mil veces y acertando alguna.

Si hay un momento en la vida en el que un magnetismo invencible te une a tu familia, es la maternidad. Puedes reconciliarte con lo negativo y potenciar lo bueno o autoengañarte pensando que podrás esquivar todo sin un mínimo esfuerzo.
Yo he optado por lo primero, así que cuando escucho la frase que abre este post ya no me imagino entre los clarosocuros de Caravaggio, si no más bien compartiendo botella y pipa en un cuadro de Juan Gris. Algo fraccionada e inconclusa, pero dispuesta a buscar nuevas maneras de construirme.

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Cuando tenía unos nueve años leí “Matilda” de Roal Dahl. Un libro precioso del que siempre recuerdo el comienzo con claridad.
El narrador describe, con cierta ironía, a todos los padres hablando de sus hijos como si fueran seres virtuosos, únicos y divinos. Todos salvo, por supuesto, los padres de Matilda.

Antes de convertirme en madre ya me resultaba difícil soportar esta actitud de progenitores engreídos y me reventaba escucharles comparar a unos hijos con otros, mostrando incansables las infinitas cualidades de sus vástagos.
Ahora que soy yo la que debería tomar esta actitud, sigo sin entenderla. Por eso ayer disfruté mucho cuando leí el post de otro padre bloguero. En él habla de su hijo, de lo mágico y especial que es, de las cosas tan importantes que ha descubierto con él… ¡Vaya-pensé mientras leía-otro con la misma música!. Sin embargo, tuve que comerme mis pensamientos cuando llegué al final.
Claro que para este padre su hijo es único y maravilloso, como lo es mi bebé Elvis para mí. Cómo deberían ser todos los niños del mundo para sus padres. Pero al mismo tiempo es tan importante como los demás. Si algo me gustaría enseñar a mi hija es esto.
Ella es única, imposible de repetir, con los defectos y virtudes que todavía se están generando en su pequeña personalidad.
En una sociedad, cada vez más homogeneizada, competitiva, pero incompetente, esto es algo importante.

Ahora no me comprende. O al menos eso pienso yo, que apenas tengo el primer curso pasado en el idioma del bebé. Pero no me canso de repetirle.
“Eres única, como todos los demás”.

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Vuelta de las vacaciones

Balance de la semana:
2 visitas a urgencias de madrugada
2 visitas al pediatra
5 horas en las salas de espera
3 conversaciones con otros padres
5 baños con agua tibia para bajar la fiebre
40.2º temperatura máxima
37.7º temperatura mínima
3 visitas a la farmacia
4 vómitos
7 cambios de ropa
2 kilos perdidos por ambos progenitores
4 horas de sueño por cada noche
10 rezos a Santa Bárbara Bendita
10 rezos a San Bakunin
326 exhalaciones, suspiros, lamentos y sollozos

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Ya sé que llevo algún tiempo desconectada, que no escribo, que he desaparecido de la red… Pero mi ausencia es por “causa mayor”. Traigo el justificante del médico, la autorización firmada por mis padres y me vuelvo a mi asiento con el gesto torcido y con la solemne intención de reanudar mis “quehaceres”.

El bebé Elvis y yo llevamos unas semanas intercambiando virus. Primero yo, después él (con visita guiada a urgencias) y de vuelta a mi torturado cuerpo que ya no puede con un día más de torrente mocoso.

Es mi primera enfermedad como madre. Al menos es la única, hasta el momento, que he padecido con tanta virulencia. Tampoco me sorprendo si pienso que, en el último año, he evolucionado de una esmerada y cuidada dieta de embarazada al suculento “panconquesoquenotengonadahecho”. Supongo que el cansancio y la falta de nutrientes han hecho de mí el manjar exquisito para cualquier virus vagabundo. Aquí están, él y toda su extensa familia, haciendo de mi cuerpo su resort de vacaciones.

¿Y Elvis?. Estupendo. Padeció dos días de vaivenes. De dedo y párpados caídos. De fiebre insultante. Pero bastó una visita rápida al hospital y ya estaba haciendo migas con un compañero de termómetro que se repuso con igual facilidad. No hay nada como una bata blanca, un cambio de escenario y la cara ridícula de dos preocupados padres, para que los bebés enfermos retomen su frenesí descubridor y recorran las esquinas de la sala de observación como si fuera el salón de su casa.

Ahora mi sueño sería estar hospitalizada. Ya me veo en una cama con respaldo reclinable. Flores en la mesilla. Mando a distancia en la mano izquierda y botón de llamada a la enfermera en la derecha. Que si un vaso de agua, que si la cena está lista, que si todo va bien…
Estoy casi segura de que nada de esto va a suceder y de que, en realidad, lo que yo necesito no es un hospital, sino un mes de vacaciones. Claro, que nadie me advirtió al convertirme en madre, de que este trabajo no tiene vacaciones, ni baja laboral, ni días de asuntos propios, ni siquiera indemnización por despido. Y mucho me temo, que tampoco recibiré pensión por ello. Espero que, al menos, no me suban el IVA. Porque ya me veo con el cartel colgado.
“Liquidación total por cierre”.

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8 de marzo

Ayer no pude celebrar en este blog el día de la mujer trabajadora, pero quedan en mi memoria las 146 mujeres que murieron en el incendio de la fábrica textil en la que eran obreras. Luchaban por mejores salarios y dignas condiciones de trabajo. Por la abolición de la explotación infantil, así como por su derecho al voto.
Es cierto que este es un blog sobre crianza, por eso creí necesario nombrarlas. Con el esfuerzo de muchas como ellas, hoy otras mujeres podemos enfrentarnos a la maternidad sin miedo a luchar por nosotras, por nuestros trabajos, por nuestros deseos. Gracias a otras y otros que decidieron en un momento determinado que el género no determina los destinos, los hombres pueden ser padres conscientes y activos. Pueden disfrutar sin tapujos de la ternura, la responsabilidad y los goces que traen los hijos.
Aún nos queda mucho por hacer, pero ellas desbrozaron el camino.

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Cumpleaño feliz

El bebé, que ha pasado de Cortés a Elvis y ahora señala en panorámica, apuntando con el dedo mientras realiza un giro de 360º, hoy cumple un año.
Eso quiere decir que en este momento, hace solo 365 días, yo estaba harta de contracciones, de líquidos amnióticos, de comunicación intrauterina y clamaba a gritos que me devolvieran a mi estado de soledad anterior. ¡Quiero ser otra vez independienteeeeeeeee!.
Ingenua de mí, porque nunca he estado más simbiotizada con otro ser que en estos momentos.
Ya me han advertido de que esto pasa rápido. El tiempo no se ha detenido jamás hasta el momento (al menos eso dice la cúpula de los más insignes científicos), así que Elvis cumplirá otro año, y otro, y otro, y se convertirá en Marilyn o en Amy Winehouse, como hacen todas las adolescentes del momento. Ya me imagino a mi Amy particular con una raya infinita, tupe vertiginoso y tacones “provocajuanetes”. Le dirá a sus amigas lo “harta que está de su vieja”, lo “insoportables que son sus padres” y lo complicado que es vivir “sin que nadie te entienda”.
Espero estar preparada para ese momento y haberme aprendido de memoria todos los manuales de psicología de la biblioteca para no verme jamás en uno de esos absurdos “realities” en los que un ex deportista, ex drogadicto y ex vicio de todo, reconvierte a chavales indomables trayendo la paz a sus desconsolados padres.
Bueno, afortunadamente aún me quedan unos diecisiete años de respiro. Me voy a relajar y disfrutar de las sonrisas desdentadas, de las persecuciones de gateo, de los besos sorpresa y de los discursos guturales. Y hoy, me voy a comer un buen trozo de tarta para celebrar que hemos sobrevivido a este primer año. ¡A vuestra salud!

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