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Archive for March, 2010

Este es el nombre de un blog, el que pertenece al artista Joel Henriques. Otro ejemplo más de que la llegada de niños puede provocar una tormenta de creatividad si dejas que se acerque con todos los rayos y truenos que lleve consigo.
Este padre-artista hace verdaderas maravillas con sus hijos.
Me encanta verle sentado frente a una máquina de coser tejiendo una manta-zoo para sus hijos.

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Se entiende por parto natural, aquel en el que la intervención clínica es la mínima posible. Solo en caso de necesidad.
Sería lo opuesto al parto medicalizado.

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Michel Odent

Este médico obstetra francés es uno de los defensores más notables del parto natural.
He encontrado esta entrevista, bastante interesante.

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Casilda Rodrigañez

Un amigo me prestó un libro de esta autora cuando estaba embarazada. “La represión del deseo materno y la génesis del estado de sumisión inconsciente”.

He de confesar que, ante semejante título, una amenazante pereza me invadió y lo aparté junto con otros cuantos volúmenes sobre la maternidad que esperaban en la librería. Supongo que cada cosa tiene su momento y a mí el cuerpo no me pedía adentrarme en semejantes descubrimientos. Ya tenía suficiente con reconocerme en cada una de las metamorfosis que iban produciéndose en mi aspecto físico y emocional como para realizar nuevas investigaciones sobre la condición de la mujer y su relación con la maternidad.

Por casualidad, más de un año después, he localizado este título y, librándome de estúpidos prejuicios he comenzado a leerlo. Lo estoy haciendo de una manera algo desordenada, pero hasta ahora me ha sorprendido notablemente y encuentro muchas y buenas razones para compartirlo en este blog. Sospecho que esta autora tiene otras buenas sorpresas, porque no hace mucho que disfruté leyendo una entrevista que concedió al periódico “Diagonal”.
Hago propósito de enmienda y para la próxima no me dejaré llevar por la fachada.

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Ya sé que llevo algún tiempo desconectada, que no escribo, que he desaparecido de la red… Pero mi ausencia es por “causa mayor”. Traigo el justificante del médico, la autorización firmada por mis padres y me vuelvo a mi asiento con el gesto torcido y con la solemne intención de reanudar mis “quehaceres”.

El bebé Elvis y yo llevamos unas semanas intercambiando virus. Primero yo, después él (con visita guiada a urgencias) y de vuelta a mi torturado cuerpo que ya no puede con un día más de torrente mocoso.

Es mi primera enfermedad como madre. Al menos es la única, hasta el momento, que he padecido con tanta virulencia. Tampoco me sorprendo si pienso que, en el último año, he evolucionado de una esmerada y cuidada dieta de embarazada al suculento “panconquesoquenotengonadahecho”. Supongo que el cansancio y la falta de nutrientes han hecho de mí el manjar exquisito para cualquier virus vagabundo. Aquí están, él y toda su extensa familia, haciendo de mi cuerpo su resort de vacaciones.

¿Y Elvis?. Estupendo. Padeció dos días de vaivenes. De dedo y párpados caídos. De fiebre insultante. Pero bastó una visita rápida al hospital y ya estaba haciendo migas con un compañero de termómetro que se repuso con igual facilidad. No hay nada como una bata blanca, un cambio de escenario y la cara ridícula de dos preocupados padres, para que los bebés enfermos retomen su frenesí descubridor y recorran las esquinas de la sala de observación como si fuera el salón de su casa.

Ahora mi sueño sería estar hospitalizada. Ya me veo en una cama con respaldo reclinable. Flores en la mesilla. Mando a distancia en la mano izquierda y botón de llamada a la enfermera en la derecha. Que si un vaso de agua, que si la cena está lista, que si todo va bien…
Estoy casi segura de que nada de esto va a suceder y de que, en realidad, lo que yo necesito no es un hospital, sino un mes de vacaciones. Claro, que nadie me advirtió al convertirme en madre, de que este trabajo no tiene vacaciones, ni baja laboral, ni días de asuntos propios, ni siquiera indemnización por despido. Y mucho me temo, que tampoco recibiré pensión por ello. Espero que, al menos, no me suban el IVA. Porque ya me veo con el cartel colgado.
“Liquidación total por cierre”.

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La llamada “hormona del amor”, hereda su nombre del griego; “oxys”, rápido y “tokos”, nacimiento. Esto ya da la idea de la importancia de esta bendita durante el parto. Si la insolente decide no aparecer durante este momento, en muchos hospitales optan por la “oxitocina sintética”.
El uso de esta hormona es muy controvertido. Es considerado por la OMS como un medicamento que provoca una intervención mayor, por los riesgos que conlleva, y sólo debe usarse bajo una indicación específica. Estos riesgos son, entre otros: rotura uterina, mayor índice de cesáreas y fórceps, mayor dolor para la mujer y necesidad de analgésicos, sufrimiento fetal agudo, distocia… A pesar de ello, suele ponerse en el gotero de forma rutinaria (sin consultar a la mujer) para acelerar el parto. En un parto normal o de bajo riesgo no necesitas gotero de ninguna clase y no hay motivos para que te impidan tomar líquidos o comer.

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Que la decisión de dar a luz en casa no es solo cosa de hippies, excéntricas o raras ya lo sabíamos. Algunas famosas también se decantan por esta opción, como Gisele Bundchen, cuyo hijo Benjamin, nació en la bañera de su “humilde morada”.
Parece interesante desclasificar y desmitificar las distintas posibilidades de parto que existen. En el mundo occidental vivimos una época bastante más afortunada que otras pasadas, en la que las mujeres, que así lo deseen, pueden hacer uso de su propia libertad y decidir cómo será su parto. Es un momento demasiado importante como para permitir que decidan por nosotras. Medicalizado, natural, en casa, en el hospital, en el agua… la elección es nuestra.

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